Una aproximación a la teoría moderna del conflicto

Conflictos.  

Si tuviéramos la oportunidad de encuestar a transeúntes y preguntarles «¿qué es un conflicto?», es probable que la mayoría de las personas respondiera haciendo referencia no tanto al concepto en sí mismo, sino a su resolución, a su intensidad o a las metodologías para abordarlo. De esta forma, el conflicto se entendería como un proceso de competencia entre dos o más actores que persiguen una resolución favorable en función de un objetivo determinado, recurriendo potencialmente a diversos medios para lograrlo. Entonces, las estrategias para alcanzar esa resolución suelen incluir el ejercicio del poder y, en algunos casos, la violencia. Se podría decir, por lo tanto, que en los términos “populares” el conflicto y la violencia material se encuentran fuertemente asociados.

Por el contrario, el enfoque contemporáneo o moderno de la teoría del conflicto distingue entre conflicto y violencia y, a su vez, otorga centralidad al objetivo en disputa en lo que respecta a su valor material, simbólico y normativo.

En este marco, el conflicto no implica necesariamente el uso de la fuerza. De hecho, en la mayoría de los casos, el empleo de la violencia resulta inusual. No obstante, es importante tener en cuenta que la violencia no se limita exclusivamente a su dimensión material o física. Existen formas de violencia de carácter no material, tales como la violencia intrafamiliar, la violencia comercial, la violencia discursiva o simbólica y la violencia legal o institucional, las cuales pueden generar efectos tan significativos como los producidos por la violencia física. Incluso resulta interesante destacar que Sun Tzu ya señalaba en El arte de la guerra que «la mejor victoria es vencer sin combatir».

La teoría afirma que un conflicto está presente cuando existe un desacuerdo entre los actores involucrados, originado en una oposición de voluntades orientada a dirimir intereses contrapuestos y/o a preservar determinados derechos. En este sentido, el conflicto no debe ser concebido únicamente como un episodio puntual, sino como un proceso dinámico y sistémico en el que las partes interactúan, negocian, presionan y ajustan sus estrategias a lo largo del tiempo, a través de una dialéctica de voluntades que puede expresarse por medio de la voz, los gestos o las actitudes.

Una de las características centrales del conflicto, producto de su dinámica, que debe ser considerada en su análisis, es el riesgo de escalamiento. En algunos casos dicho riesgo puede ser bajo o incluso inexistente; sin embargo, en otros —especialmente cuando los objetivos en disputa adquieren una relevancia elevada para todos los actores involucrados o, incluso, para uno solo de ellos—, la posibilidad de que el conflicto escale hacia formas de interacción más intensas o violentas debe ser siempre contemplada.

Los objetivos que se encuentran en la base de un conflicto pueden clasificarse, a grandes rasgos, en tres tipos. Son concretos cuando poseen una existencia material o física; son simbólicos cuando su importancia deriva fundamentalmente de su significado social, político o de identidad, y no de su valor material; y, finalmente, son trascendentes cuando se vinculan con valores, principios o creencias profundas de los actores.

Es necesario destacar que los conflictos no solo pueden escalar en intensidad, sino también desescalar. En la escalada hace falta solo que uno de los contendientes esté dispuesto a intensificar el conflicto, ya sea endureciendo los términos de la dialéctica o impulsando objetivos más extremos, inaceptables para la otra parte. Cuando predomina una lógica estrictamente competitiva y de suma cero, la tendencia al endurecimiento de las posiciones y al aumento de los costos —incluida la posibilidad de recurrir a formas de violencia— se vuelve considerablemente mayor.

Por el contrario, en la desescalada, todas las partes han de basar sus estrategias en el mutuo acuerdo, en el que los actores aceptan y pueden modificar sus percepciones, redefinir sus intereses o recurrir a mecanismos de negociación y mediación que reduzcan la intensidad de la confrontación.

Para finalizar, el conflicto, en cualquiera de sus manifestaciones y niveles, ha sido una constante en la historia, lo es en el presente y, con seguridad, lo seguirá siendo en el futuro. Comprenderlo, describirlo de manera desapasionada, identificar a sus actores y analizar sus posibles derivaciones hacia futuros contingentes forman parte de la caja de herramientas de los decisores exitosos.

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