El Papa Francisco y Liddell Hart
Una de las vinculaciones más explícitas entre el estilo de liderazgo de Jorge Mario Bergoglio y la tradición estratégica británica fue planteada por Carlos Pagni en un artículo publicado en La Nación el 13 de marzo de 2014. Allí se recupera un testimonio en el que, ante la pregunta de cuál profesión habría elegido de no ser sacerdote, Bergoglio respondió: “Comando”. A partir de esta anécdota, se sugiere que el pontífice habría cultivado, durante más de cuatro décadas, un interés sostenido por la reflexión estratégica, nutrido por la lectura de clásicos como Nicolás Maquiavelo y Carl von Clausewitz. No obstante, el análisis periodístico destaca a Basil Henry Liddell Hart —figura central del pensamiento militar anglosajón del siglo XX y teórico de la “aproximación indirecta”— como su referencia principal.
Más allá del carácter anecdótico del relato, el valor analítico reside en la afinidad conceptual detectable entre la praxis política atribuida a Bergoglio y los principios nucleares que Liddell Hart sistematizó en su obra cumbre, Strategy.
Para el autor británico, la estrategia se define, ante todo, como el arte de distribuir y aplicar los medios militares para cumplir los fines de la política. Su eficacia no radica en la fuerza bruta, sino en el cálculo riguroso y en la coordinación realista entre fines y recursos, lo que deriva en una economía de fuerzas tanto material como psicológica. En esta formulación, el propósito ulterior no es la destrucción física del enemigo, sino la reducción previa de su capacidad de resistencia mediante el movimiento, la sorpresa y la dislocación moral, generando así una situación estratégica ventajosa antes del combate.
Liddell Hart sostiene que la perfección estratégica consiste en obtener una decisión favorable sin necesidad de una batalla decisiva, o incluso sin una confrontación de gran envergadura. De aquí se desprende su célebre axioma: el objetivo es debilitar la resistencia del adversario antes que intentar vencerla frontalmente. En este esquema, el factor moral adquiere una centralidad estructural; siguiendo una tradición de raíz napoleónica, se subraya que, en el conflicto, el componente psicológico mantiene una preponderancia de tres a uno frente al físico.
La lógica de la aproximación indirecta se cristaliza en un conjunto de máximas operativas: el ajuste estricto de los fines a los medios disponibles; la elección de cursos de acción inesperados; la explotación de la línea de menor resistencia; la adopción de líneas de operación que mantengan objetivos alternativos —y, por lo tanto, flexibilidad—; y el rechazo al ataque frontal mientras el oponente conserve su cohesión y su moral. Asimismo, Liddell Hart advierte sobre el error de reforzar el fracaso: insistir en una misma línea de acción tras un revés inicial sólo facilita la adaptación defensiva del adversario y consolida su confianza.
El núcleo conceptual de estas máximas puede resumirse en dos procesos sucesivos: dislocación y explotación. El primero refiere a que ninguna acción resulta verdaderamente decisiva si no ha sido precedida por una maniobra que altere el equilibrio —psicológico, organizacional o posicional— del oponente. A su vez, el segundo indica que dicha oportunidad se diluye si no es explotada (aprovechada) con celeridad antes de que el adversario recupere su capacidad de adaptación.
Desde este marco teórico, la convergencia que diversos observadores señalan entre el estilo de conducción de Bergoglio y la doctrina de Liddell Hart no debe leerse como una transferencia mecánica de categorías castrenses al campo eclesial. El interés radica, más bien, en la homología funcional de los principios de conducción del conflicto: la evitación sistemática del choque frontal, la primacía de la dimensión psicológica, el manejo de los tiempos (tempus), la preparación del terreno antes de decisiones críticas y la búsqueda de transformaciones por desplazamiento antes que por ruptura.
En definitiva, el caso Bergoglio ilustra la vigencia contemporánea de una premisa central de la estrategia moderna: la conducción eficaz no se define por la intensidad del enfrentamiento, sino por la capacidad de moldear el entorno para que los actores resistentes terminen abandonando su propósito con el menor costo posible para quien lidera el proceso.
Cita: Liddell Hart, Basil H. - Strategy. 2da edición - editorial: Faber and Faber, 1954, Londres.
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