La crisis de representatividad en el sistema legislativo argentino: De la Constitución de 1853 a la "Lista Sábana"

La República Argentina adoptó en 1853, en la histórica ciudad de Santa Fe, una forma de gobierno Representativa, Republicana y Federal. Bajo este diseño, el Poder Legislativo se concibió como el corazón de la soberanía: los Diputados como representantes directos del pueblo y los Senadores como custodios de los intereses de las provincias. Su misión es doble y vital: legislar para el bien común y ejercer el control de pesos y contrapesos sobre el Poder Ejecutivo.

Sin embargo, en la praxis política contemporánea, observamos una alarmante desconexión entre el mandante (el ciudadano) y el mandatario (el legislador). El principal factor de esta erosión es el sistema de "listas sábana", un mecanismo que permite la elección de candidatos que, en su mayoría, resultan desconocidos para el electorado. Al votar por una lista partidaria cerrada, el ciudadano entrega un "cheque en blanco" a figuras cuya idoneidad no ha sido debidamente contrastada.

A esta falta de visibilidad se suma una carencia normativa preocupante. La Constitución Nacional establece requisitos mínimos de edad y de residencia, pero el complejo escenario global del siglo XXI exige algo más. Actualmente, no se requiere título secundario ni universitario, no existen límites a la reelección indefinida y, lo que es más grave, no se exige una idoneidad técnica probada para integrar comisiones estratégicas. Esta orfandad de conocimientos técnicos se traduce en discursos parlamentarios que carecen de profundidad jurídica y económica. Muchos legisladores parecen ignorar las consecuencias directas de las leyes que sancionan, supeditando su voto a la disciplina de bloque impuesta por los "jefes políticos" para evitar reprimendas internas.

Ante este escenario, para recuperar la calidad institucional se deberían impulsar reformas estructurales concretas. Tal vez una de ellas sería retornar al sistema de circunscripciones uninominales, logrando así que el diputado responda directamente a sus vecinos y no a la cúpula partidaria. A su vez, resulta indispensable establecer un límite a la reelección de dos períodos consecutivos para fomentar la alternancia y exigir como condición sine qua non la realización de un curso básico o introductorio sobre Derecho Constitucional para todo candidato. 

Sin representantes capaces de comprender la ley que votan, la democracia se convierte en un simple formalismo de obediencia partidaria.

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