Obsesión vs. Razón: El costo político de no admitir un error. El caso Adorni
Moscú, 1812. Napoleón ocupa la antigua ciudad imperial esperando que el zar Alejandro I de Rusia se vea obligado a pedir la paz. Sin embargo, los rusos optan por abandonar y quemar buena parte de la urbe, aplicando la estrategia de tierra quemada. Obsesionado con lograr la capitulación, Napoleón permanece más de un mes aguardando unas negociaciones con el zar que jamás se concretaron. Esa obsesión en conservar la plaza conquistada le hizo perder un tiempo precioso antes de la llegada del crudo invierno. Cuando finalmente ordena la retirada, el frío extremo ya se ha adueñado del clima, las líneas de suministro colapsan y la Grande Armée es devastada. Entre bajas, deserciones y capturas, Napoleón pierde más de 500.000 hombres en toda la campaña rusa.
Gettysburg, 1863. El general confederado Robert E. Lee está convencido de que puede romper el centro de las líneas de la Unión. A pesar de que sus subordinados —especialmente el general James Longstreet— le aconsejan flanquear la posición o buscar un terreno más favorable, Lee insiste en un masivo ataque frontal en el cementerio de la ciudad, conocido históricamente como la "Carga de Pickett". La maniobra causa a su ejército miles de bajas en menos de una hora, destruyendo su capacidad ofensiva. Tras este desastre, la Confederación jamás vuelve a amenazar seriamente el territorio del Norte.
| Verdún |
Al respecto, Carl von Clausewitz manifestó en su tratado De la guerra que el objetivo político —el fin que origina el conflicto— debe dictar el objetivo militar; si esta coincidencia se quiebra, surgen los problemas de conducción. Cuando el fin político superior es preservar y asegurar el éxito de un régimen o un proceso de transformación histórica, pero la conducción decide transformar sus medios —ya sean ministros, secretarios o generales— en dogmas a ser defendidos a ultranza y más allá de los costos, se comete el error fatal de sacrificar el fin estratégico por un instrumento reemplazable.
En otras palabras, se confunde el instrumento con el objetivo. Se sostiene un medio que ha fracasado, o que ha cometido una falta ética grave, únicamente para evitar el costo de admitir un error. Es el triunfo de la obsesión por sobre la razón de Estado.
Los grandes estrategas suelen poseer una cualidad poco espectacular pero extraordinariamente valiosa: saber qué abandonar, cuándo retirarse y cuánto sacrificio evitar por una pieza que ya no sirve al propósito final. Esa capacidad de distinguir entre lo esencial y lo accesorio es, probablemente, una de las habilidades más difíciles de adquirir y una de las más cruciales en cualquier ámbito donde se diriman decisiones trascendentes.
Comentarios
Publicar un comentario