A los 75 años descubrí una nueva manera de hacer realidad mis ideas

Una reflexión personal sobre la inteligencia artificial, la experiencia y las oportunidades que tenemos por delante.

Hace unos días, durante el almuerzo, le comentaba a mi esposa algo que me resulta profundamente emocionante: a mis 75 años estoy viviendo una oportunidad que difícilmente hubiera imaginado tiempo atrás. La posibilidad de convertir en realidad ideas y proyectos que durante años estuvieron limitados por la falta de conocimientos técnicos, recursos o colaboradores especializados.

Esa oportunidad tiene un nombre: inteligencia artificial.

Sé que muchos amigos y compañeros de mi generación la observan con cierta desconfianza. Algunos sienten temor; otros consideran que se trata de una tecnología demasiado complicada o de algo destinado principalmente a los jóvenes. También están quienes la conocen solamente por las noticias o por haberle hecho alguna pregunta ocasional.

Quisiera compartirles una perspectiva diferente, nacida de mi propia experiencia.

Una herramienta para hacer, no solamente para preguntar

Durante buena parte de nuestra vida, tener una buena idea nunca fue suficiente para concretarla.

Podíamos imaginar un sistema, diseñar un procedimiento, identificar un problema y hasta concebir su solución. Pero entre esa idea y su realización aparecían obstáculos: había que saber programar, dominar herramientas especializadas, contratar profesionales o disponer de recursos que no siempre estaban a nuestro alcance.

Hoy esa situación está cambiando.

La inteligencia artificial permite que una persona aporte sus conocimientos, su experiencia y sus ideas, mientras utiliza las capacidades de estas nuevas herramientas para desarrollarlas y convertirlas en resultados concretos.

En mi caso, estoy trabajando en aplicaciones informáticas que responden a necesidades que fui identificando a lo largo de mi vida personal y profesional. No soy programador. Sin embargo, puedo participar activamente en su diseño, establecer sus funciones, discutir alternativas, detectar errores y orientar su desarrollo.

Lo que antes hubiera requerido un equipo de especialistas hoy puedo comenzarlo desde mi computadora, dialogando con una inteligencia artificial.

Y debo confesarles que la experiencia resulta extraordinariamente estimulante.

Dos inteligencias que pueden complementarse

Creo que estamos frente a una transformación cuyo verdadero alcance todavía no terminamos de comprender.

Durante milenios, el ser humano desarrolló herramientas que multiplicaron su fuerza física, su velocidad de desplazamiento o su capacidad de producción.

Ahora disponemos de una tecnología capaz de ayudarnos a multiplicar determinadas capacidades intelectuales.

Pero hay algo fundamental que quisiera destacar: la inteligencia artificial no debería reemplazar nuestro pensamiento, sino potenciarlo.

Nosotros aportamos la experiencia, los conocimientos, los valores, las preguntas y, sobre todo, el criterio para decidir.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a investigar, comparar alternativas, organizar información, redactar, aprender, programar y desarrollar proyectos.

La combinación es poderosa, siempre que recordemos quién debe conducir el proceso.

Una respuesta de la IA puede ser equivocada. Puede interpretar mal una pregunta, omitir información importante o presentar con seguridad algo que no está suficientemente fundamentado.

Por eso, utilizarla bien exige mantener despierto nuestro espíritu crítico.

No se trata de creerle todo. Se trata de aprender a trabajar con ella.

Una oportunidad particular para nuestra generación

Hay un aspecto que me resulta especialmente interesante.

A nuestra edad hemos acumulado décadas de experiencias, conocimientos, aciertos y errores. Hemos conocido personas, organizaciones, problemas y situaciones que contribuyeron a formar nuestro criterio.

Ese patrimonio intelectual sigue estando con nosotros.

Sin embargo, muchas veces sentimos que determinadas posibilidades de realización han quedado atrás, especialmente aquellas que requieren dominar tecnologías nuevas.

La inteligencia artificial puede modificar parcialmente esa realidad.

No nos devuelve los años transcurridos, pero puede ampliar extraordinariamente lo que somos capaces de hacer con la experiencia que esos años nos dieron.

Y eso es algo que vale la pena descubrir.

No hace falta convertirse en especialista en informática. Tampoco comprender todos los mecanismos técnicos que hacen funcionar estos sistemas.

Hace falta curiosidad, disposición a aprender y voluntad de experimentar.

Podemos comenzar con algo sencillo: investigar un tema que nos interese, organizar recuerdos familiares, estudiar un período histórico, preparar un viaje, comprender un documento complejo o desarrollar una idea que alguna vez dejamos pendiente.

Con el tiempo, quizá descubramos que podemos hacer mucho más.

El desafío para los jóvenes

También pienso en las nuevas generaciones.

Los jóvenes tendrán a su disposición herramientas intelectuales de una potencia extraordinaria. Pero disponer de ellas no garantiza saber aprovecharlas.

El verdadero desafío no será solo aprender a utilizar la inteligencia artificial, sino desarrollar la capacidad de formular buenas preguntas, distinguir información de conocimiento, evaluar críticamente las respuestas y tomar decisiones responsables.

Una herramienta poderosa, en manos de quien renuncia a pensar, puede convertirse en una forma de dependencia.

En cambio, utilizada por una persona curiosa, reflexiva y dispuesta a aprender, puede abrir horizontes insospechados.

Por eso creo que la educación tendrá que prestar tanta atención al desarrollo del juicio crítico como al dominio de las nuevas tecnologías.

Todavía tenemos mucho por hacer

No pretendo presentar la inteligencia artificial como una solución mágica ni desconocer sus riesgos.

Existen problemas reales relacionados con la privacidad, la desinformación, la dependencia tecnológica y las transformaciones del trabajo. Son cuestiones que debemos comprender y afrontar con responsabilidad.

Pero tampoco deberíamos permitir que esos riesgos nos impidan conocer sus posibilidades.

A mis 75 años, lejos de sentir que he llegado al final de mis oportunidades de aprendizaje y creación, estoy descubriendo nuevas formas de desarrollar proyectos que me entusiasman.

Y quisiera transmitirles esa misma inquietud a mis amigos y compañeros.

Tal vez alguno tenga una idea guardada desde hace años. Un libro que nunca escribió, una investigación que no pudo completar, un proyecto que parecía demasiado complicado o simplemente el deseo de aprender algo nuevo.

Quizá haya llegado el momento de volver a intentarlo.

Porque esta tecnología nos ofrece una posibilidad que merece ser explorada: apalancarnos en la inteligencia artificial para hacer volar nuestras ideas, sumando nuestras capacidades naturales a las que estas herramientas ponen a nuestro alcance.

No sabemos con certeza hasta dónde llegará esta transformación.

Pero sí sabemos algo: todavía estamos a tiempo de participar en ella.

Y, al menos en mi caso, pienso aprovechar la oportunidad.

José María Condomí Alcorta

Octubre de 2026

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